En busca de la perplejidad

24 enero - 2024

La selección literaria es una de las mayores preocupaciones en la mediación lectora. Y no es para menos: allí están, agazapados, el concepto de infancia, la experiencia con la lectura, las preguntas irresolubles que el mundo se niega a contestar y, por supuesto, los prejuicios de quien selecciona. Acertar, acerca; equivocarse, aleja. Esto no cambia cuando el público infantil son niños y niñas de necesidades educativas especiales, y quienes preguntan sobre qué libros compartir son terapeutas, logopedas o docentes. Lo cierto es que la selección depende de los criterios, los criterios nacen de nuestra visión del mundo y esta visión del mundo adquiere materialidad en la mediación lectora. 

Dice Graciela Montes que podemos encontrar tres posturas ante la lectura. Las dos primeras son las más frecuentes, y podemos resumirlas como «leer para conocer» (visión instrumental que realza su importancia como decodificadora de un texto) y «leer por placer» (posición que pone el acento en el disfrute y el gusto). Pero hay una tercera, olvidada por las instituciones: leer para acercarse a la perplejidad de la condición humana. Cito a Graciela:

«Los argumentos que se dan en favor de la lectura suelen ser de tipo tranquilizador. La lectura da acceso al saber. La lectura favorece la apropiación de la lengua. La lectura ensancha horizontes, permite la polifonía cultural, lo hace ingresar a uno a círculos de pertenencia cada vez más amplios. La lectura es eficaz socialmente, un excelente instrumento para otros logros. Todos esos argumentos son ciertos. Y, sin embargo, la lectura es algo más y algo mucho menos tranquilizador, o tan tranquilizador como asomarse a un abismo. La lectura lo pone a uno frente al acertijo. Lo “perplejea” digamos (pido permiso para el neologismo). Lo deja al borde de la inminencia. Y es ese acertijo, esa inminencia, esa primera oscuridad con la que uno confronta lo que lo lleva a leer, justamente. Es ése el vacío que llenar. Ese el vacío que se llena con palabras. Es así como respira la lectura. El aire no entra por su cuenta a nuestros pulmones, es el vacío que se hace en los pulmones el que arrastra hacia adentro el aire».

Esta última acepción, es la que olvidamos cuando trabajamos en la promoción de la lectura con niños y niñas de diversas condiciones. Se privilegia el entendimiento, la funcionalidad, sobre placer estético. ¿Qué lugar, en este esquema, ocupará la rebelde poesía, cuya sonoridad o palabras desconocidas se muestran como un atractivo misterio, como el vacío que nos absorbe? ¿Por qué es necesario entenderlo todo?

 

El problema no está en elegir textos que pongan el foco en su contenido o en la función protodeclarativa del lenguaje —cada docente o terapeuta tendrá sus motivos de selección— sino en su restricción. En lo que impiden y excluyen, si se postulan como la única opción cuando hablamos de promoción lectora. ¿Y qué es lo que queda excluye? Nada más y nada menos que lo más valioso de la literatura: la conexión con la dimensión simbólica propia del ser humano. Todas las especies hacen uso de la pragmática, pero solo la nuestra se estremece con la belleza. Tener en cuenta el mundo subjetivo, el universo interior —que no por peculiar es menos simbólico— contribuye a crear condiciones de igualdad y, también, dignifica.

 

«La lectura es algo mucho menos tranquilizador, o tan tranquilizador como asomarse a un abismo»

Buscar indicios, encontrar sentido. Graciela Montes

En la primera infancia la música se impone a la comprensión. Son las retahílas, jitanjáforas, trabalenguas y estribillos las que hacen del lenguaje una fiesta y las que, más adelante, crean comunidad entre los niños y niñas. Cuando mi hijo era pequeño, su acercamiento al lenguaje fue gracias a la letra «ch». El sonido era tan atractivo para él, que le narraba una historia sin sentido formado por palabras como «chuches»,  «chorizo»,  «chancho»,  «chupetín». El tono y la modulación de mi voz era lo que marcaba el principio, el nudo y el desenlace. ¿Aprendíamos algo? Sí: que jugar juntos merecía la pena.

Los álbumes ilustrados, especialmente los silentes, constituyen una muy buena opción desde los primeros pasos. Además de la conexión emocional directa —es imposible para una imagen no comunicar—, la información narrativa está en la imagen, lo que vuelve la historia cercana y accesible, especialmente para personas con pensamiento visual.

Como bien diría Teresa Durán, es mejor ampliar el universo que empequeñecerlo. Abramos el abanico de posibilidades que ofrece la literatura infantil para hacer de la perplejidad un lugar de encuentro. Todo enigma sabe mejor en compañía.

 

Referencias

    • Montes, Graciela (2017). «Elogio de la perplejidad», Buscar indicios, construir sentidos, Babel Libros, Colombia.
    • Imagen: Bâdescu, Ramona y Chaud, Benjamin (2011), Pomelo y los contrarios, Kókinos, España.

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