Es surcoreana y en 2020 se hizo con el Premio Astrid Lindgren Memorial, uno de los más importantes de la literatura infantil. Su nombre circula entre los paladares más exquisitos de la crítica, y no es para menos: a través de técnicas vinculadas a la animación, Heena Baek crea un mundo con reglas propias bajo el foco fotográfico.
Existen varios motivos por los cuales sus libros nos hacen levantar, al menos, una ceja. El más destacado es la exploración del lenguaje visual. Tanto las escenas como los personajes nos obligan a replantear las estéticas que asociamos a la infancia. En sus historias, además, conviven elementos culturales tradicionales propios de Corea (y de muchas regiones de Asia) en contextos actuales. Finalmente, las tramas, sencillas y minimalistas, crean complicidad con los sentimientos y experiencias propias de la infancia.
El lenguaje visual
Toda imagen tiene una arquitectura. Una materialidad que influye en la percepción de la narración y nos facilita—o no— su entrada en ella. En este sentido, Heena Baek moldea ambientes que no dejan ningún lugar a la indiferencia. Los humanos de sus historias tienen mocos verdes, gestos inquietantes y cuerpos despreocupadamente imperfectos. Sus páginas están pobladas por arrugas, barrigas rollizas y una absoluta indiferencia por los estándares de belleza actual.
Baek fabrica de manera detallada maquetas y muñecos que fotografía después. En sus libros desfilan personajes que nacen del papel y cartón (Pan de nube), la arcilla (El hada del agua) o tradicional arte del Hanji (papel coreano fabricado a mano con la corteza interior del dak, «la morera del papel», árbol que crece en las montañas de Corea).
Todos los recursos de la fotografía se ponen al servicio de cada escena. La iluminación y la perspectiva nos trasladan a diferentes espacios donde lo imposible tiene cabida en ciudades atestadas de gente, atascos o lugares cotidianos. El realismo es el objetivo y el horizonte. Sin embargo, la artesanía de la manufactura rompe esa ilusión. Esta tensión crea una atmósfera tan verosímil como irreal. ¿Será la página la cuarta pared? Aunque muchas reseñas especializadas relacionen sus imágenes con la animación y el cine (es sencillo encontrar paralelismos con producciones como las de los estudios Red Nose Studio, Aardman o algunas animaciones checas del siglo XX propias de Krátký Film Praha), otras la relacionan con el teatro. Por ejemplo, podemos citar el análisis de José Antonio Escrig Aparicio en la revista Zenda: «Mientras el cine persigue la ilusión de la vida, el engaño fluido de realidad, en estas casas de muñecas se busca el prodigio del artefacto, el misterio de una zona de indefinición (por obra del trampantojo y de la fotografía, que transforma las escalas) y con ello, un escenario para el recreo del ojo y la inmersión en un juego de fantasía. (…). De ahí que este arte de dioramas fotográficos tenga más que ver con la condición narrativa de cierto tipo de “escultura teatral” que con el cine. O si se quiere, dado su carácter híbrido, también con la pintura de aquellos artistas que se servían de las maquetas para estructurar la “historia” de sus cuadros (Tintoretto), que situaban a sus modelos en un escenario invisible o entre bambalinas (Velázquez)».
En cualquier caso, el resultado es el mismo: un universo singular y característico, que nos mueve de nuestra zona de confort y nos anima a explorar nuevas posibilidades estéticas en el arte de los libros infantiles.
Arte y tradición
El extrañamiento que provoca la imagen se contrarresta con una iconografía reconocible, incluso familiar. Cada libro se transforma así en un espacio de convivencia entre elementos de la cultura asiática con otros de la modernidad.
En La extraña mamá, una Mary Poppins muy tradicional acude a cuidar a un niño con fiebre, mientras su madre atraviesa la ciudad desde el trabajo. A simple vista y a ojos occidentales, el personaje puede causar cierto resquemor. Ahora bien, este reparo desaparece si sabemos que su caracterización se basa en los tres criterios de belleza tradicional femenina instaurados en la dinastía Joseon (XIV-XIX), y que tanto hemos visto en las diferentes manifestaciones del arte asiático. Dichos criterios eran conocidos como «los tres blancos» (blanco en la piel, en los dientes y en los ojos), «los tres negros» (negro en el cabello, las cejas y las pupilas) y los «los tres rojos» (carmín en las mejillas, los labios y melocotón en las uñas).
Dos detalles más: aunque la ropa sea moderna, se basa en el traje tradicional. En cuanto al peinado… ¿cuántas semejanzas y diferencias tendrá con el llevado por la última emperatriz de Corea, Myeongseong?
En Helados de Luna, una noche de intenso calor derrite la tierra lunar, lo que obliga a los conejos de Jade —animales míticos en gran parte de Asia— a buscar refugio en la Tierra. Afortunadamente, una abuela encargada de un edificio hallará la solución.
En la tradición corana, los conejos lunares o daltokki, fueron nombrados guardianes de la Luna por el emperador. Se los representa con un tazón preparando tortas de arroz, consideradas en el país parte fundamental de la vida. Estos personajes tienen especial presencia en el Chuseok, el festival de otoño marcado por el calendario lunar en Corea del sur, dado que simbolizan la abundancia, la fertilidad y la longevidad. Japón, Vietnam o China tienen sus propias variantes del festival y diferentes historias que rodean el origen de los conejos lunares.
Historias cómplices
De todos sus libros, Caramelos mágicos —ganador del premio Andersen al mejor álbum ilustrado 2023— fue el primero que logró traspasar las fronteras de Corea. Además de la calidad artística, en sus páginas habita una historia tan entrañable como universal. La magia acompaña al pequeño protagonista, quien al masticar cada caramelo de su bolsa puede oír los pensamientos de objetos y personas. Esto desencadena situaciones humorísticas o asombrosas, hasta que queda un último dulce en la bolsa, el cual se transforma en una oportunidad para el protagonista: hacer amigos.
En este bello álbum, la magia actúa como vehículo narrativo. Es un ayudante silencioso que anima al pequeño personaje a enfrentarse a una situación difícil.
Cuando Caramelos mágicos nos abrió las puertas del asombroso mundo de Heena Baeck, ella ya era conocida en su país por Pan de Nube. El álbum había conquistado a su amplio público con su receta de fantasía, nubes y mañanas familiares. Tanto fue así que se transformó en un éxito de ventas: se produjo un musical, una animación y un auténtico «pan de nube» que se vendía en las panaderías. Sin embargo, la autora resultó víctima de un contrato editorial injusto, y no pudo percibir dinero por los beneficios de esta franquicia. Pese a su mediática lucha, Baeck perdió en los tribunales.
Aunque la polémica no llegó a nuestro país, si lo hicieron sus libros de la mano de la editorial Kókinos. En cada uno abundan historias minimalistas y conmovedoras, donde niños y niñas pueden identificarse con las acciones de los personajes y sentirse cómplice de sus vivencias. Es reconocible la cotidianeidad, la voz de los protagonistas y la naturalidad con las que suceden las cosas más extraordinarias. La mente infantil siempre tiene una apertura especial para lo fantástico. Por eso, un hada de lo más longeva puede salir de un tazón de sopa, un huevo convertirse en fantasma y un niño dormir en una nube que flota en su propio salón. Y todo ello en un lenguaje artístico peculiar, donde pivota la cercanía y el extrañamiento, la realidad y la fantasía, en un marco cultural concreto donde, si se mira bien, aflora la universalidad
*Papel coreano fabricado a mano con la corteza interior del dak (“la morera del papel”), un árbol que crece en las montañas de Corea







