Jutta Richter: bosques y encrucijadas

4 abril - 2024

Vivimos en un mundo complejo. Conviven discursos progresistas que disfrazan el conservadurismo más profundo. La presión de lo políticamente correcto oprime personajes, manipula tramas y lava el ánimo de cualquier persona que se atreva con un libro.  No es una norma, pero sí frecuente. Se muestran más los caminos que las encrucijadas, porque en esta lógica lo importante es llegar a algún lugar.

Tal vez por eso caí sin red en las historias de Jutta Richter. Sus personajes infantiles habitan el dilema. El ambiente de sus novelas está al servicio del mundo interior de sus protagonistas, en el que crecer es un acto continuado de decisiones difíciles. Bajo su oficio, los niños y niñas tienen el mismo trato literario que en los libros para adultos.

Richter se toma en serio a sus personajes y, con su mirada, les ofrece historias que honran la infancia. Sus libros están habitados por conflictos de peso pesado, pero también por la ternura, la magia y el amor. El lenguaje de su obra es honesto, económico, dispuesto a crear complicidad en el significado oculto de cada escena.

Encrucijadas

Explorar la marginalidad no es fácil. Ni en la vida ni en los libros. En la literatura infantil actual, cuando ofrece contexto a historia, suele tener detrás a la condescendencia, el romanticismo o un endeble intento de crítica social. En este sentido, los libros de Jutta Ritcher ofrecen pinceladas firmes, suficientes para estructurar la ficción y dar sentido a la psicología de los personajes.

En El día en el que aprendí a domar arañas la marginalidad tiene límites muy claros.  Y un nombre. Se llama Rainer y es hijo de una familia desestructurada. Rainer representa la frontera de lo aceptable. Por eso está prohibido acercarse, jugar o conversar con él.

Su condición de excluido hará que todas sus acciones sean imperdonables más allá de cualquier circunstancia. Sin embargo, tiene más experiencia que los años que le corresponden, y la peculiaridad de ser el único amigo que ofrece seguridad a la protagonista. Él sabe el secreto para domar arañas, ahuyentar a la malévola gata fantasmal que vive en el sótano y tiene siempre la respuesta adecuada al miedo. Estar a su lado es conocer lugares prohibidos y aprender, aprender mucho de la vida. Pero también significa ser rechazada por los demás. La protagonista, entonces, se pregunta: «¿para qué sirve una amistad, que solamente trae problemas y hostilidades? Pero, ¿depende de eso? ¿No es mucho más importante que alguien esté ahí cuando se le necesita?». La voraz necesidad de pertenecer al grupo se confrontará con el alivio de sentir, en la intimidad, un amigo de verdad. ¿Qué hará?

«Para mí, invertir meses describiendo familias cliché es una idea espantosa. El mundo en el que vivimos no está dividido en un mundo para niños y otro para adultos. Es y sigue siendo un mundo. Un autor de libros infantiles tiene el deber de contar la verdad sobre las historias del mundo».

 Jutta Richter

En Héroes volvemos a encontrarnos en un barrio popular. Cada casa tiene un habitante, y cada habitante su rol: la maestra, el borracho, la mujer de la que se sabe tan poco que se sabe todo. En esa comunidad viven Félix, Corinna y Mia. Tienen cerca de once años y un verano que los reclama. Por accidente, provocan un incendio y, por accidente también, la policía creerá que son héroes que intentaron apagarlo. ¿Tendría sentido revelar la verdad?  El crujido entre las apariencias y la realidad será el motor de este libro tanto en la historia principal como las secundarias. La exclusión vuelve a entrar en la trama, principalmente a través de Félix, quien vuelve a casa después de estar en un hogar para niños. Pero también bajo la mirada de los demás hacia Corinna, que carga con las más diversas hipótesis sobre su padre ausente o el repelente Lukas Thiemann.

En otras ocasiones, el conflicto que propone la autora no está expuesto de forma evidente y hay que indagar en los silencios. La perspicacia del lector o lectora se vuelve imprescindible.  Es el caso de El verano del lucio. En sus páginas el cruce se produce entre la enfermedad terminal de la madre de los pequeños protagonistas y la necesidad de estos de atrapar el lucio, el pez más difícil. El diálogo entre ambas situaciones, forzará la maduración de Daniel y Lukas, que hallarán en la pesca un motivo para sobrevivir a la situación.

El bosque

Los personajes comprometidos no son exclusivos del drama. La valentía, muchas veces, está en poner en juego lo inesperado o buscar protagonistas que conquisten desde lo entrañable. La señora Lana es una de ellas. Sus ojos cambiantes y sus chocolates la transforman en una criatura tan enigmática como singular.  Sin embargo, si de dulzura y conquista se trata, la taza de chocolate debe tomarse mientras se lee El bosque de la bruja y los calcetines mágicos.

 Allí, entre la ciudad y el bosque, habitan personajes sutiles y sin estridencias, capaces de robarte el corazón. Como Robert, un carbonero que sueña con el amor, pero tiene las manos tan sucias que siente vergüenza de enseñarlas, la señora Hermine Schlott que es mucho más de lo que cuenta, aunque hable con naturalidad de la magia, y Karla, la bruja que lucha contra la fría desazón que se instala en los pies de su cama.

«Cuando dejó por fin de reírse, los tristes sentimientos habían desaparecido como soplados por el viento y, de golpe, Karla supo que había sucedido. En alguna parte del mundo alguien terminaba de ponerse un par de calcetines rojos. Efectivamente, calcetines mágicos».

Jutta Richter. El bosque, la bruja y los calcetines mágicos

Ahora bien, cuando uno cierra el libro se pregunta: ¿dónde estaba, en verdad, la magia? ¿Cuánto de extraordinario tienen las cosas sencillas, las elecciones y nuestra propia humanidad? La respuesta está en esta historia donde no falta el bosque, el miedo, la soledad y la necesidad del amor.

La autora

Jutta Richter nació en Burgsteinfurt, Alemania en 1955. Vivió en Detrorit (Estados Unidos) donde escribió su primer libro para seguir en contacto su lengua materna. Estudió teología católica, germanística y periodismo en Münster. La máxima que guía su profesión proviene de una frase de Maxim Gorki «Escribir para niños es como escribir para adultos, pero mejor». Y se nota que lo disfruta porque no ha dejado de publicar, además de narrativa, obras de teatro y radiofónicas, así como canciones. Cuenta con los siguientes reconocimientos literarios: Beca Hermann- Hesse, Premio Alemán al Libro Infantil, Premio Católico al Libro Infantil y Juvenil, Premio del Flautista de la ciudad de Hamelin, Lince del Año del semanario Die Zeit y Radio Bremen, Premio de Literatura Joven del Land de NRW, Premio de Literatura de la ciudad de Soltau. Premio «Los mejores libros infantiles y juveniles 2013» del Banco del Libro, Gran Premio de 2014, otorgado por la Academia Alemana para la Literatura Infantil y Juvenil.

Ha sido nominada para el Astrid Lindgren Memorial Award (ALMA) desde el 2012 al 2017 y obtuvo el Gran Premio 2014 de la Academia Alemana para la Literatura Infantil y Juvenil, por toda su obra.

El día en el que aprendí a domar arañas - Fragmento

por Enrique Tapia (Librocutor)

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