Cuando los terapeutas y docentes me piden recomendaciones, suele significar una larga lista de títulos que aborde en su argumento alguna discapacidad, hablen de la tolerancia o fomenten de manera directa la inclusión. Inspirados por el agente 007, buscan libros que cumplan una misión. Y, además, la cumplan de la forma más espectacular posible. Suena un poco raro decirlo al hablar sobre libros, pero dicha expectativa… es pura ficción. (Las paradojas no perdonan).
Los libros no obligan, ofrecen; no imponen, posibilitan. Imaginemos, por un momento, que estamos coordinando un taller de lectura. La puerta se abre y entra un nuevo integrante a la actividad. A simple vista, podemos afirmar que es mucho más lo que no sabemos que lo que sí sabemos: ¿película favorita? ¿canción de la infancia? ¿cajón de los tesoros? ¿lógica para entender el mundo? Solo lo revelaremos en momentos posteriores, cuando el calor se instale en el diálogo.
Sin embargo, hay otras cosas que sí podemos intuir solo por el hecho de ser humanos: todas las personas deseamos ser amadas, nos preguntamos quiénes somos, buscamos la risa y temblamos contra nuestra voluntad. En otras palabras, salvo que vengas de Marte, tu punto en común con el resto de la población planetaria es lo elementalmente humano. Y lo elementalmente humano es nuestra dimensión simbólica. La red de percepciones y concepciones a través de la cual dotamos de sentido a la experiencia, y constituyen la materia prima de los significados que otorgamos al mundo.
Ahora bien, ¿qué implica, necesariamente, ser humano? Asumir, al menos, tres características que forman parte de nuestra condición.
La primera es que somos seres culturales. Nuestra mirada se conforma de consensos, normas, conceptos socialmente construidos a lo largo de la historia.
La segunda es que somos seres afectivos. Como bien afirma Eduardo Vázquez en Afecto y lenguaje, desde el inicio de la vida nos es imposible no sentir. Comprender ciertos procesos o circunstancias no tiene por qué ir en consonancia con nuestros sentimientos. Dicho de otra manera, entre la razón y el corazón no siempre hay acuerdo. Y el corazón, el cuerpo, reaccionan en función de las huellas de su experiencia. No siempre somos conscientes de ello, pero determinan de manera inconsciente nuestra forma de actuar en el presente. Tenemos una profundidad silenciosa, un fondo arqueológico que no se aprecia desde la superficie.
Tal vez no seamos seres tan simples como para asimilar literalmente lo que un libro nos plantee. Quizás los textos pasen por un complejo sistema de reelaboración hasta asentar su significado
Y la tercera: la mirada del otro da forma a la nuestra. El paraíso o el infierno, como recordaba Sartre, puede estar en esos ojos que nos devuelven una parte de nosotros mismos. Lo cierto, es que necesitamos a los demás para sobrevivir. Pero no como proveedores de alimento —que también— sino como parte de nuestro universo vincular y afectivo.
Desde este punto de vista, tal vez no seamos seres tan simples como para asimilar literalmente lo que un libro nos plantee. Quizás los textos pasen por un complejo sistema de reelaboración —un sistema digestivo psicológico— hasta asentar su significado. Los niños y niñas de necesidades educativas especiales no son una excepción: tienen luchas entre la razón y los sentimientos, marcas de su contacto con la diferencia, ganas de encontrar territorios compartidos con los demás. Y, sobre todo, la misma necesidad de un mundo simbólico rico e interesante.
La literatura, precisamente, va de esto: de ofrecer; de posibilitar. ¿Qué? Una conexión con los demás. ¿Cómo? A través de metáforas ficcionales. ¿Por qué? Porque las metáforas y el simbolismo, se llevan muy bien. No se trata de ofrecer textos inaccesibles sino de respetar la complejidad humana. La inclusión no está en la literalidad del texto o de las imágenes. Se esconde en el bosque encantado que, con los recursos necesarios, en complicidad y compañía, todas las personas podemos transitar. Agreguemos, a los objetivos pedagógicos, la audacia.
Referencias
- Vázquez, Eduardo (2014). Afecto y lenguaje, colección El espejo y la lámpara, Edicions UAB, Barcelona.
