Hace tiempo que te debía esta nota. Leo el título y siento un reflujo de tristeza y ternura. Somos padres de la otra orilla, del margen y la marginalidad. La multiplicidad de tests que pasó nuestro hijo a lo largo de su historia, dice que su distancia con el mundo es bastante grande. Lo suficiente para incorporar de por vida terapias y terapeutas. Sí, la familia se agranda.
Pero no es de él de quién hoy te quiero hablar —no hay rincón de nuestro tiempo en el que no esté presente—sino de nosotros. Del silencio cuando acomodamos la ropa en la habitación. De esas ocasiones en las que estamos solos y no queda más remedio que dejarnos caer en la retina del otro.
El circuito administrativo de la discapacidad, el sistema educativo —tan sistemático y tan poco educativo— son un tupido bosque de zarzas. Entramos en él con la inocencia de los exploradores, descalzos. En esa época confiábamos en la experiencia de los cuentos, donde los ayudantes del camino siempre proveen de algo bueno. Nos equivocamos. El bosque estaba yermo. Rompimos galerías de filosas ramas con las manos. Solo se oía nuestro eco al pedir ayuda y el de las espinas al clavarse en nuestros pies. El hogar que tanto habíamos deseado tampoco pudo ser un refugio. Nos esperaban agendas, pictogramas, rutinas y todas las funciones del lenguaje. Los verbos siempre ganaron en la gramática de los días.
Tal vez por eso, me cuesta tanto mantener tus ojos en los míos. Somos una pareja con la alegría llena de cicatrices y los recuerdos rasguñados. Nos hemos roto juntos, pero reconstruido cada uno por su lado como buenos supervivientes.
A veces pienso que nos merecemos la separación. Empezar otra historia desde cero, que nos permita rescatar ese poquito de nosotros que no murió. Estar con alguien que nos vea de manera limpia, sin marcas, para abrir otro camino en el futuro donde poder ser sin sombras, sin crujidos, sin surcos. Sentir la ilusión del instante cuando algo hermoso nace y el amor se estrena. Pienso que nos merecemos recuperar el poder de revelar al otro solo aquello que queramos a discreción, y no convivir con este silencio que nos desnuda sin autorización. Porque cuando me miras no hay disfraz que valga; porque cuando te miro, todas tus heridas están ahí.
Ahora bien, ¿sabes qué? En tu mirada de guerras pasadas, me siento tu aliada. Me gusta ese resabio bélico, porque nos habla de nuestras fortalezas. De las trincheras que construimos a base de mates mañaneros, asados en casa de los amigos o diálogos nocturnos. Hablan de que jamás nos dimos por vencidos ni nos privamos de la más absoluta estupidez que nos hiciera reír. Caer en tu mirada es como llegar a casa después de un día de trabajo interminable, y no tener que pedir una cerveza bien fría, porque está en la mesa en el momento justo. Es saber que un segundo después que abra los ojos en plena noche, levantas el brazo, plenamente dormido, para hacer de almohada humana. Tenemos tanta historia y tanto bosque andado, que hemos perdido el miedo y añoramos la superficialidad en las conversaciones. Te da igual que no me maquille y no le das ninguna importancia a la ropa que me pongo para salir. Porque sabes que, inevitablemente, verás lo que hay debajo, y a pesar de eso, creerás que despertar a mi lado aún merece la pena.
Este es el gran dilema, la espada de Damocles que nos cruza como pareja: ¿con qué unir nuestro pasado imperfecto y poco soñado? ¿Con un futuro nuevo y prometedor? ¿O con la militancia de un presente de doble cara, donde habita el desafío y la complicidad? Buscaremos la respuesta esta, todas las noches, juntos, con una cervecita. Sé que ya las has puesto en el congelador.

