Un taller con cinco desastres

17 enero - 2024

En el año 2015 realizamos junto al ilustrador Adolfo Serra un taller en la Asociación Aspadir para los grupos de habilidades sociales. Se trataba de un grupo de 8 a 12 años con diversas condiciones físicas o dificultades en la comunicación. Lo confieso: más que un taller, teníamos un plan: ofrecerles una experiencia agradable, que actuara como recreo de la terapia y los días.

El libro elegido fue Los cinco desastres de Beatrice Alemagna, publicado por A buen Paso. Un álbum donde el collage es mucho más que una expresión estética: refleja la personalidad de cada personaje y nos susurra que, tal vez, nosotros también estemos hechos de las pequeñas cosas del mundo.

Cada uno de los protagonistas tiene un defecto que actúa como virtud: el agujereado no puede enfadarse porque el enojo lo atraviesa, quien está plegado puede guardar recuerdos sin que se le pierdan, la calamidad es tan calamitosa que, cuando algo sale bien, solo puede festejar y quien está del revés, puede ver cosas que los demás no ven. Esta difícil dualidad entre la pesadez de la diferencia y la valoración de lo que puede representar, fue lo que nos propusimos explorar en la sesión.

En los talleres que llevamos a cabo con Adolfo, después de leer una historia abrimos un espacio para conversar sobre ella. Nos interesa, fundamentalmente, cruzar y poner en común el sentido que le ha dado cada participante. Sin embargo, en este caso, cuando cerramos el libro, el comentario de «¡Bien! ¡nada que decir!», sumado a las sonrisas y las miradas de complicidad que circulaban a la velocidad de Rayo MacQueen, nos puso en nuestro lugar. Se notaba un regusto interno, que pedía ser respetado. La lectura se estaba haciendo espacio en su interior, y necesitaba tiempo para acomodarse.

Entonces pasamos a la acción: guiamos al grupo a una mesa grande cubierta con un mantel. «¡Uno, dos y tres!» gritamos, y el mantel cayó: había cajas, contenedores, alambres, pinturas, rollos, papeles, maderas … y una gran variedad de materiales. El objetivo: crear un desastre propio, cuya principal barrera o dificultad representara también una oportunidad.

 

 Y así surgieron una cantidad de personajes divertidos, desaforados y llenos de fantasía, que una vez acabados tuvieron que presentar. Los demás participantes, por supuesto, podían hacer comentarios o resolver dudas con el autor o autora de la escultura. Hubo risas, mucho humor y momentos entrañables. Como era de esperar, la creación y la recreación ayudaron a poner palabras a cuestiones personales. Pero lo más interesante fue cómo cada niño, cada niña, se apropió de nuevas formas de expresión, que repercutieron en su estar en el grupo. Algunos participantes dejaron ver un lado cómico, otros se sorprendieron enseñando cómo bailaba su personaje, hubo quienes se lanzaron a hablar cuando antes apenas se oía su voz y quienes asombraron a los demás con sus reflexiones.

El arte como sostén y posibilidad, es un buen lema cuando desarrollamos actividades. Olvidarlo sería un auténtico desastre.

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Título

Los cinco desastres

Editorial

A buen paso

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